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[Columna] El hombre de campo y el respeto por la tierra y animales

Autor: Caballoyrodeo.cl
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Por Manuel Acuña Peñaloza, abogado y simpatizante del Rodeo en Cardenal Caro

En un pueblo, alejado de la normalidad citadina, en el que el olor a tierra, bosque, tranquilidad se siente, tal como si fuese algo material; ocurre que gran parte de quienes conforman dicha zona, transitan por la vereda del respeto, del preguntar cómo está y cómo está la salud.

Junto con ello, el verde del horizonte -o bien lo seco de esta zona- se entiende; da cuenta de un cuidado, tanto por la tierra como por quien ayuda a labrarla; tanto la herramienta, el animal, como el agricultor.

La chupalla, que en algo tapa el sol fuerte de esta época, da vestigio de lo que significa el hombre de campo, ya que este mismo, es quien se encarga por las tardes y fines de semana, de alzar la montura, y cambiar herradura a cada bestia, para que éste sirva como medio de transporte, de caminatas largas y de galopeo.

Por si fuera poco, el alimento a los vacunos, caballos y talaje para los mismos es cuestión diaria. La preocupación es dantesca, tal como si fuera un remedio para un enfermo, pero no; es la naturalidad de quien cuida a quien a través de sus ojos demuestra nobleza, hidalguía y humildad.

Estamos en tiempos en que la naturaleza tal como fue creada por nuestro Dios se ve atemorizada por el desarrollo, por alcanzar una mejor calidad de vida. Pero ello, no tan solo con cuestiones materiales, sino que de pensamiento.

La cultura de quien va abriendo paso al agua para que sus frutales, siembras y plantaciones adhieran a sus raíces; al que produce alfalfa para dar comida a sus animales; quien almacena gran parte de ganado para una mejor vida, es absolutamente contraria a quien hoy aparece alegando que éste mismo viejo de un pueblo rural, ha violentado a quien alimenta día a día.

Si pudieran ver cómo se trata a este animal en el campo, en el cerro, en el corral, en la medialuna, en la calle o amarrado a un simple palo; se darán cuenta -o bien no, dada su intransigencia- que lo que pretenden es radicalizar un pensamiento, creyendo que un animal es respetado cuando está en un departamento de escaso metros cuadrados, que ahí estaría mejor, pero no, no es así.

Créanme, quienes más quieren tanto a un caballo como a un novillo -o  al mismo perro que acompaña estas andanzas- es precisamente el hombre de campo, el que se sube a caballo, el que usa chupalla, sombrero, el huaso, el que a través del cuero de un animal sigue viviendo en nuestros cinturones, zapatos o cada obra que se realiza.

Los parlantes seguirán sonando, para que los amantes del rodeo estemos ahí, aplaudiendo cada atajada, porque de eso se trata, de atajada, y no de maltratar a un novillo. Abramos los ojos, acá no hay violencia; hay amor, cuidado y respeto por quien día a día recibe el cariño de quienes corren, o de quienes son espectadores; a través del canto, del cocinero, o del artesano.

¡Qué viva el campo, qué viva el rodeo!

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